martes, 30 de marzo de 2010

Los sordos piensan que los que bailan están locos.


Las estrellas brillaban en el cielo, pero él solo tenía ojos para ella. La miraba e intentaba explicar el porqué de tanta belleza, de tales movimientos, de tanto sentimiento reflejado en las curvas de su cuerpo.
Tenía los pies enterrados en la arena, y una pequeña luz alumbraba sus ojos. Y ellos se miraban, y quizá nadie más podía entender ese silencio.
Porque a veces no se necesitan palabras para hablar. Los sordos lo hacen, ¿por qué no nosotros?
Y a ella le gustaba bailar alrededor del candor de sus mejillas. Era extraño, tenía miedo al fuego, sin embargo, en ese caso, no le importaba quemarse.
Se reía al observar sus gestos mientras ella intentaba escapar de unas notas escritas para dos. Porque esa música se escribió para muchos, pero tan sólo ellos podían entenderla.
Y los demás, los que son incapaces de entenderlo, de entenderles, piensan que están locos. Piensan que la locura se escribió con tinta de amor y besos, que las miradas silenciosas son inexpresivas y que no se puede sentir felicidad de un simple beso.
Los sordos, no les escuchan, aunque hay muchos que sí oyen. Y no entienden, y critican y juzgan, sin atender a sus gestos y palabras. Porque la felicidad no es compatible con los que no la padecen.
Y ellos se observan y no les importa nada más. Ni los sordos, ni los ciegos, ni los necios que no paran de hablar de sus propias preocupaciones sin atender a la belleza de la vida que les rodea.
Porque a veces, la felicidad, se basa en bailar al son con unos pocos. O quizá solo dos. O quizá sólo uno. Y eso es lo que los sordos, pero no los enfermos, no entienden.




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